La historia de la cultura
moderna se escribe con tinta y con electrones. Antes del bombillo, el
entretenimiento moría con el atardecer o languidecía bajo la tenue y
parpadeante luz de las velas.
Al llegar las redes
eléctricas a las ciudades a finales del siglo XIX iluminó las calles y en
paralelo alteró la psicología del ocio. Los teatros y las ferias pudieron
operar hasta la medianoche, creando el concepto de "vida nocturna".
La imagen en movimiento y el sonido global
En amena conversa virtual
con uno de los más experimentados profesionales en instalaciones eléctricas Alicante, coincidimos gratamente en decir que el cine fue el primer gran
hijo de la corriente continua, porque sin motores eléctricos para pasar la
cinta ni lámparas de arco para proyectarla, Hollywood nunca habría existido. La
cultura se volvió visual y masiva por primera vez.
Luego llegó la radio,
alimentada por válvulas de vacío con los que este aparato rompió el aislamiento
de los hogares rurales. Una familia en un pueblo remoto podía escuchar la misma
sinfonía o el mismo discurso político que alguien en una metrópoli.
La identidad cultural
dejó de ser puramente local gracias a las ondas electromagnéticas con las que
el mundo empezó a compartir un mismo ritmo, una misma voz y, eventualmente, un
mismo idioma estético.
La televisión: el altar de la sala o cuarto
Si la radio unificó el
oído y lugares remotos, la televisión colonizó la mirada. A mediados del siglo
XX, la electricidad permitió que cada hogar tuviera una ventana al resto del
planeta. La cultura popular se convirtió en un producto de consumo doméstico.
Los grandes eventos,
desde el aterrizaje en la Luna hasta los conciertos de rock, se transformaron
en experiencias compartidas en tiempo real. La electricidad borró las
distancias geográficas y creó la "aldea global" de la que hablaba
McLuhan.
El crecimiento de los instrumentos
La música sufrió una
metamorfosis radical nada más con la invención de la guitarra eléctrica y los
sintetizadores que fueron tanto una mejora técnica como un cambio de paradigma.
El volumen se convirtió en una forma de expresión política y juvenil y el arte
de los sonidos se acopló a estar en lugares masivos manteniendo la misma
intensidad de origen y modo, para los oyentes.
El rock and roll, el jazz
eléctrico y más tarde la música electrónica no habrían nacido sin la capacidad
de manipular la corriente. La electricidad -tal cual defiende con razón nuestro
aliado y colaborador que labora como Electricista en Alicante permitió
que el sonido fuera más fuerte, más distorsionado y, sobre todo, más accesible
para las masas.
De los píxeles a la inteligencia artificial
A finales del siglo XX,
la microelectrónica llevó la cultura al terreno de lo interactivo. Los
videojuegos y las computadoras personales -hitos culturales, aunque muchos
discutan ello- permitieron que el espectador dejara de ser un sujeto pasivo
para convertirse en protagonista de su propio entretenimiento.
Internet, la
infraestructura más grande jamás construida por el hombre, depende enteramente
de un flujo constante de energía. Sin centros de datos consumiendo gigavatios,
nuestra cultura digital —desde los memes hasta el streaming— desaparecería en
un segundo.
Hoy, la inteligencia
artificial representa la frontera más reciente. Es el uso de la electricidad
para procesar el pensamiento humano y generar nuevas formas de arte, diseño y
narrativa a una velocidad nunca antes vista.
Un futuro electrificado
La cultura popular es, en
esencia, energía transformada en significado. Cada vez que encendemos una
pantalla o conectamos unos auriculares, estamos participando en un ciclo que
comenzó con las primeras turbinas.
La electricidad alimenta
nuestros dispositivos y nuestros mitos modernos, por lo que podemos decir que
se presta para todo aquello que hoy en día, necesitamos y nos gusta tener. Es
el soporte invisible sobre el cual construimos nuestra identidad como sociedad
tecnológica. Sin ella, el relato del siglo XXI simplemente se quedaría a
oscuras y seríamos la continuidad de los siglos anteriores y las desigualdades
y oprobios que les caracterizaban (también lo bueno, obviamente), no les quede
duda.

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